
Avanzo de puntillas abandonando la cama, el frío suelo hace poner mis sentidos alerta. El gorgojéo del café perfectamente sincronizado con el salto de las tostadas, son años de práctica pulir esta técnica. Apenas untadas en mantequilla me las voy comiendo aún sin acabar de poner la planta de mis pies en el suelo, mientras revuelvo el azúcar y todo se impregna de olor de desayuno. Voy con la taza entre mis manos hacia la ducha, algún día he de abandonar la costumbre de siempre llevar algo de beber cuando me baño.
Mientras me preparo para el ritual matutino, dejo que hoy sea Sabina quien acompañe mis primeros bostezos y añada un compás melodioso a cada prenda de la que me desprendo. La mampara está completamente empañada y el vapor ha vuelto opacos los espejos. La taza queda aparcada en el lavabo a medio acabar.
Un tibio chorro de agua cae a plomo sobre mi espalda.
Buenos días mundo.













