Su corazón se adaptaba cual metrónomo a los ochenta latidos, ni uno más, ni uno menos; y cada cinco rigurosos latidos, sus pulmones tomaban aire para volver a comenzar el compás de su día a día.
Sus labios nunca llegaron a emitir ningún sonido a pesar de no tener ningún impedimento físico que lo evitase. Se decía de él que al tener todos los sonidos condensados en su interior, no había encontrado aún ninguno realmente destacable para elegir como obertura en su vida.
Paseaba lentamente por la ciudad cada tarde, y todos al cruzarse con él le regalaban sonrisas. Era mágico ver sus pasos perderse entre el gentío como si se deslizase por un pentagrama imaginario, esquivando blancas, negras, o traviesas corcheas que en su camino parecía encontrar.

La partitura de la vida llegó a su fin cuando una arritmia hizo que su corazón irónicamente perdiese el perfecto compás que siempre le había acompañado.
Durante días nadie fue capaz de proferir ningún signo de musicalidad; se dejaron aparcadas cuerdas, teclas, puas, arcos, sordinas y baquetas que lloraron silenciosas porque tampoco supieron encontrar las notas que expresasen la tristeza y el vacío que dejó la pérdida del hombre musical.




