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Cartas de amor.


Ella siempre lo llevó en silencio. Lo que tendría que ser un orgullo, rozaba la clandestinidad en sus manos. Se sentía una versión de Cyrano de Bergerac trasladada cuatro siglos más tarde, declarando su amor a desconocidos por unas monedas... Sólo pedía que le contasen un poco de sus vidas y una foto para buscar algo de inspiración para su palabrerío que a veces se asemejaba al hechizo. De pluma fácil, enamoraba con sus palabras tanto a hombres como a mujeres, según el encargo, y no podía evitar formar parte de esos comienzos y sentir un punto de resquemor en la conciencia al saberse cómplice de tantas y tantas mentiras. Aunque tuvo muy claro que el amor que se construye sobre esos cimientos está condenado a no llegar nunca a buen puerto.

Su rutina siempre comenzaba de igual forma, observaba su retrato, intentaba hacerse en su mente una idea tan tangible que hasta imaginaba su olor y el tono de su voz. Procuraba que los ojos que la observaban desde la fotografía le susurrasen qué puntos tocar para hacer desatar la pasión en tan sólo un par de cartas. Por ahora nadie se había resistido a su prosa y casi siempre conseguía un extra que pedía si esa relación estaba consolidada antes del tercer intercambio postal.

Aquel retrato llegó a ella por email, el mundo moderno se había hecho un hueco en lo atemporal que parecían las conquistas, y sólo lo acompañaba una frase "Ponga usted la cifra, su trabajo no tiene precio para mi" y la dirección de correo a la que tenía que hacer llegar sus misivas.

Al carecer de información decidió apostar sobre seguro y vestir de error la llegada de dicha correspondencia a su víctima, los ojos que le observaban desde el archivo le decía que sentiría curiosidad y respondería a la mayor brevedad, y no se equivocó. Al otro lado una mente despierta respondía con prestanza a sus escritos y era ella la que esperaba ansiosa cada contestación. Sin saber en qué momento se giraron las tornas, un día se percató de que no podía cumplir su encargo porque se había enamorado sin darse cuenta. Era el fin del cazador cazado.

Ella que siempre había tenido las palabras adecuadas para cada momento, debía encontrar ahora la manera de explicar que todo lo que tenía sentido en su vida se había creado sobre mentiras y por un absurdo encargo. El alto precio de su confesión sería seguramente perderlo para siempre y continuar así reconcomía su cabeza y amargaba su corazón.

Vestida de dilema alargaba cada día un poco más el tomar tan difícil decisión.

366 días en la estación.


Tiempo atrás quedaron aquellas buenas propuestas de año nuevo, ahora ya pasadas muchas primaveras y otros tantos veranos, me dedico tras cruzar la frontera del año, a mirar atrás y hacer balance sobre los 365, en este caso 366 días transcurridos.

Me he dado cuenta que éste ha sido un año de mucho movimiento, de grandes descubrimientos y alguna pérdida. Para mí quien se queda en el camino es que su paso no logró seguir el mío o tal vez, no buscaba seguir la misma dirección cuando parecían caminar a mi lado. A esas personas que desaparecieron por voluntad, por obligación o simplemente porque perdieron el rastro de mis huellas, les deseo lo mejor y que tal vez cuando detengan su andar y reflexionen vean que aún mi nombre puede sonar sin amargor en su boca.

Pero sobre todo he de hacer recuento de todas esas personas que han llegado a mi vida y se han hecho un hueco al aportarme tantas y tan buenas cosas. A veces nos acercamos a la estación solamente para ayudar con las maletas a subirse al tren a amigos, pero siempre se cruzan almas que nos dejan huella y nos invitan a compartir aunque sea el banco junto al andén. Trenes que se cruzan por azares del destino y tienen paradas sincronizadas con el tiempo justo de tomar un café y volver a partir, pero que dejan aroma aún cuando la distancia marca lo insalvable.

Espero otros 365 días sin que se apeen de mi vagón, y sigan señalándome por los cristales empañados todas esas cosas que mi vista no alcanza a ver.
Gracias por viajar a mi lado.